domingo, 19 de junio de 2011

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO XXV










LA PODEROSA


Se hallaba al límite de su paciencia, hablar con aquella mujer era peor que hablar contra una pared. Insistía en que el doctor le había recomendado descansar, que era mayor y ya no estaba para muchos trotes, cuando era perfectamente visible que la mujer se encontraba en perfecto estado des salud. Mismamente la había encontrado en la cocina, esmerándose en prepararle una buena bandeja de desayuno a su niña, para lo cual no debía de sentirse muy fatigada, al parecer.
-Mire Rosario, no voy a discutir con usted. Pero no hace falta ser médico para saber que usted lo que tiene son achaques de la edad – replica Regina (Michelle Vargas) – Pero desde un primer momento le pedí a mi cuñada como condición para que se quedaran que usted ayudara en la casa; y ella aceptó. Hasta el día de hoy hice la vista gorda porque las tareas diarias lograban sacarse adelante; pero ahora la situación es distinta, Rufina necesita descansar por un tiempo y Modesta no puede sola; así que no le queda otra que arrimar el hombro – añade molesta – y si no hace lo que le digo, ya sabe donde está la puerta – afirma.
Rosario (Angelina Peláez) la mira con el ceño fruncido y los labios apretados, sin decir nada. La tensión entre las dos mujeres era palpable. Para ninguna de las dos era un secreto que no era de agrado de la otra. Aún así la anciana, sabía que ésta vez no tenía escapatoria. Aquella muchacha inmadura y caprichosa era la dueña y señora y podría botarlas a ella y a su niña en cualquier momento, y eso no le convenía  a sus planes.
La oportuna aparición de Saúl (Eduardo Santamarina) en la cocina, parece menguar la tirantez que flotaba en el ambiente.
-Buenos días – saluda extrañado por encontrarlas allí, solas, enzarzadas en lo que parecía una especie de disputa. - ¿Va todo bien? – pregunta.
-Sí, claro. Solo le estaba explicando a Rosario cuales son sus nuevas funciones en esta casa… Rufina está enferma, y necesitamos de su ayuda para las tareas domésticas – responde Regina quitándole importancia al tema.
-Con su permiso, me retiro entonces para hacerme cargo de mis tareas domésticas – dice Rosario con cierto rin tintín antes de abandonar la cocina con lentitud, con algo e de dificultad.
-¿No te habrá dado algún problema esa mujer? – pregunta Saúl.
-Nada que no pueda controlar – responde Regina, se acerca a él, pensativa – Anoche regresaste muy entrada la noche… – añade sin saber como abordar el tema que le rondaba la mente. La noche anterior Nereida había abandonado la hacienda a escondidas, aprovechando la ausencia de su esposo; y no se había dado cuenta de la hora de su regreso, ni la de su hermano tampoco; ya que nada más tumbarse sobre la cama, había caído rendida en un sueño profundo; a pesar de su intención de permanecer alerta.
-Sí, me entretuve más de lo esperado – dice Saúl al tiempo que agarra una pieza de fruta del frutero.
-Y… ¿va todo bien con Nereida? – pregunta Regina tímidamente.
-¿Por qué me preguntas eso? – pregunta Saúl intrigado.
-No, solo que últimamente han estado peleando… y como que han estado distanciados… por eso pregunto - responde Regina encogiéndose de hombros.
-Princesa, sé que todo esto te tiene preocupada… pero descuida, Nereida y yo saldremos adelante; como hemos hecho siempre – asegura Saúl con tranquilidad. Regina sonríe levemente, dada la tranquilidad con la que hablaba su hermano era evidente que no se había dado cuenta de la escapada nocturna de su esposa. – Hay algo sobre lo que quería hablarte – anuncia.
-¿De qué se trata? – pregunta Regina.
-Ícaro me contó que la otra noche Mauricio anunció vuestro próximo enlace ante todo el mundo en la inauguración del hipódromo – dice Saúl.
- Sí… así fue, ya te expliqué que me había visto obligada a aceptar… - añade Regina.
-Ese mal nacido no se cansa de humillarnos… - dice Saúl entre dientes, apuñando la mano con rabia. Regina se acerca a él, posando su mano sobre su hombro para tratar de calmarlo.
-Saúl, no te pongas así… después de todo, tarde o temprano todo el mundo terminaría por enterarse – le dice con calma.
-Lo sé, princesa… pero no sabes como me duele que ese bastardo juegue contigo de esa forma – replica Saúl, acaricia el mentón de su hermana con cariño – pero no te preocupes princesa, te juro que en menos que canta un gallo, nos habremos desecho de ese mal nacido – asegura. Regina lo mira y traga saliva, temerosa de la velada amenaza que guardaban sus palabras.
-Buenos días – escuchan una voz a sus espaldas. La espalda de Regina se tensa en un brusco escalofrío cuando reconoce aquella voz, no podía ser, aquel hombre estaba loco al presentarse de aquella manera en su casa.
Saúl voltea para toparse cara a cara con el hombre al que más odiaba. Se hallaba en la puerta, sonriendo cínicamente y con superioridad, como si fuera el amo del mundo; consciente de la perturbación que su presencia generaría en aquella conmovedora escena entre los dos hermanos.
-¿Qué demonios haces aquí desgraciado? – pregunta Saúl separándose de su hermana para avanzar unos pasos hacia Mauricio (Fernando Colunga).
Regina observa petrificada a los dos hombres, que parecían dispuestos a abalanzarse sobre el otro en cualquier momento. Rápidamente se sitúa entre ambos, tratando de apaciguar la tensión que se mascaba en el ambiente.
-Mauricio, ¿qué… qué haces aquí? – pregunta tratando de ocultar su nerviosismo; sabía que en cualquier momento podría estallar una batalla en aquella cocina, y era lo último que necesitaba en aquellos momentos.
-Vengo a buscarte… ya sabes que tenemos una boda que organizar – responde Mauricio con calma, cruzándose de brazos.
-Mi hermana no se va a ningún lado contigo – replica Saúl enojado, tomando a Regina por un brazo para llevarla hacia él.
-Creo que Regina ya es mayorcita para que decidas tú con quien se va o deja de irse, ¿no crees? – pregunta Mauricio irónicamente sin dejar de sonreír.
-Por favor… no empiecen, ¿sí? Mantengamos la fiesta en paz – dice ella suplicante.
-Por mi no hay problema, no he venido a buscar pleito; lo único que quiero es que mi futura esposa me acompañe al pueblo para arreglar los asuntos de la boda, para la que solo quedan cinco días – dice Mauricio haciendo hincapié en sus palabras.
-¿Pues sabes lo que yo creo? Que has venido aquí solo para provocarme, pero, ¿sabes qué? Al diablo con tus provocaciones, ya no pienso ensuciar mis manos con una basura como tú – replica Saúl haciendo grandes esfuerzos por parecer sereno y no partirle la cara a aquel desgraciado.
-Me alegra que hayas aprendido a controlar tus impulsos animales, es todo un avance – se burla Mauricio mirándolo fijamente. Saúl da un paso hacia el frente, acercándose a él, con la mirada desafiante.
-¡Ya párenle! – alza la voz Regina harta de aquel cúmulo de dardos envenenados con los que se estaban obsequiando mutuamente. Se vuelve hacia su hermano. – Saúl no te preocupes por mí, iré a arreglar todo el papeleo y ya me regreso – añade antes de darle un beso en la mejilla.
-Pero Regina… - protesta Saúl.
-Saúl, por favor… déjame hacer las cosas a mi manera – le murmura mirándolo con seguridad. Él observa con detenimiento la seguridad con la que su hermana le hablaba, ya casi nada quedaba en ella de aquella muchacha indecisa y caprichosa acostumbrada a dejar que los demás decidieran por ella. – Confía en mí – añade ella.
-Está bien – accede al fin, evitando mirar hacia donde estaba Mauricio, que en aquel momento sonreía complacido por conseguir su propósito, llevarse a Regina de la hacienda ante los ojos de su adorado hermano.


Regina se dirige apresuradamente y con paso firme hacia la camioneta seguida de cerca por Mauricio, no podía ocultar la rabia y el coraje que sentía en aquellos momentos. De pronto se detiene y voltea para enfrentarse a su “futuro esposo”, quien tiene que detenerse bruscamente para no chocar con ella.
-Quiero que te quede una cosa muy clarita Mauricio Galván, el único motivo por el que accedí a irme contigo fue para evitar que terminaran a golpes, ¿entendido? – pregunta mirándolo amenazante.
-Por supuesto – responde él complacido. Ella achina los ojos para mirarlo.
-Por eso lo hiciste, ¿no es cierto? – pregunta ella indignada, como respuesta obtiene una pícara sonrisa por parte de Mauricio.- ¡Arggg! Lo sabía, eres un cretino… la próxima vez dejare que mi hermano busque la escopeta y te saque de aquí a balazos – exclama ella enojada, antes de dirigirse de nuevo hacia la camioneta.
-No sería la primera vez… solo que dudo mucho que solo intentara usar la escopeta para espantarme  - replica Mauricio lo suficientemente alto para que ella lo escuche.
Regina se detiene al escuchar las palabras de Mauricio, quien por su parte se dirige hacia la camioneta sin decir nada más.
-¿Estás insinuando que mi hermano trató de matarte? – pregunta Regina casi sin aliento.
-Apúrate, que nos están esperando – añade subiendo a la camioneta. Regina suspira resignada antes de subirse a la camioneta con la misma emoción que siente un cordero antes de  que se lo lleven al matadero.




MÉXICO D.F.




Higinio (Humberto Zurita) se acaricia la cara exasperado, apenas podía concentrarse en los documentos que tenía delante. Estaba totalmente desconcertado por el extraño comportamiento de Macarena, quien había solicitado poder irse a casa alegando que no se encontraba bien. Había sido todo tan repentino, parecía perfectamente sana cuando la vio en la cafetería, sin embargo cuando salió del baño estaba pálida, con el rostro desencajado y a penas parecía tener la suficiente fuerza como para mantenerse en pie. Él había insistido en acompañarla a casa, a lo cual ella se había negado tajantemente, y ahora ni siquiera respondía a sus llamadas.
En ese momento llaman a la puerta.
-Pásele – dice Higinio sin siquiera alzar la vista cuando su amigo entra por la puerta.
-Vaya, te ves preocupado – comenta Julio (Otto Sirgo) al ver el semblante de su amigo.
-Lo cierto es que estoy preocupado, no solo lo parezco – añade Higinio acomodándose en el sillón.
-No me lo digas… otra vez discutiste con tu publicista – dice Julio divertido al tiempo que toma asiento frente a él.
-No, el caso es que arreglamos las cosas… pero de pronto se sintió mal, así… de repente  y se fue para su casa y para colmo no contesta mis llamadas – dice Higinio visiblemente cansado.
-Como se nota que hace demasiado tiempo que no estás con una mujer… seguramente ha de ser que le bajó el período… ya sabes, hay mujeres a las que les afecta mucho – dice Julio divertido – lo importante es que hayan hablado y arreglado sus cosas, ya verás como mañana aparece como nueva – añade.
-Sí, seguramente tengas razón… pero no sé por qué siento que hay algo más – dice Higinio preocupado.
-¿Quién te ha visto y quien te ve, compadre? De veras que me encantaría conocer a esa mujer, consiguió encandilarte en muy poco tiempo… tiene que ser una mujer muy especial para tenerte así – dice Julio con curiosidad.
-Pues lo cierto es que al parecer ya la conociste – dice Higinio.
-¿Cómo así? – pregunta Julio intrigado.
-Me contó que ayer ustedes dos se conocieron – responde Higinio. Saúl se acaricia el rostro tratando de hacer memoria del día anterior, no había conocido a nadie, a no ser que… su cuerpo se tensa bruscamente.
-¿Te refieres a Macarena? ¿Es ella tu famosa publicista? – pregunta con cierta dificultad. Lo cierto es que el día anterior no quiso preguntarle a su amigo sobre qué hacía Macarena en la empresa, todavía estaba turbado y extrañado por aquel encuentro.
-Sí… ¿por qué te sorprende tanto? ¿Acaso la conocías de antes? – pregunta. Julio mira a su amigo durante unos segundos sin decir nada, tratando de tomar la decisión adecuada acerca de contarle o no la verdad sobre Macarena a su amigo.
-Pues sí… lo cierto es que la conocí hace muchos años… - responde Julio al fin, en un golpe de sinceridad.
-¿De veras? Ella no me comentó nada… - dice Higinio cada vez más aturdido.
-Eso debe de ser porque ella no se acordaba bien de mí… hace muchos años teníamos un amigo en común – dice Julio sonriendo forzadamente. Era obvio que Macarena no quería que Higinio supiera que se conocían.
-¿Ese amigo en común no sería por casualidad el padre del hijo de Macarena? – pregunta Higinio. Julio siente de pronto como si le faltara el aire, la cabeza le da mil vueltas y su cuerpo se estremece en un violento escalofrío;  se siente mareado, perdido.
-¿Un hijo? – consigue preguntar casi sin voz.
-Sí, es cierto; no te lo comente… resulta que Macarena es madre soltera, tiene un muchacho de 27 años, y ha conseguido criarlo sola y convertirlo en un gran hombre, ¿no te parece admirable? – pregunta Higinio con orgullo.
-Perdóname Higinio… pero me he dado cuenta de que tengo una reunión con unos futuros clientes en la constructora – alcanza a decir Julio con un hilo de voz.
-Julio, ¿te encuentras bien? – pregunta Higinio preocupado.
-Sí… sí, es solo que… - comienza a responder Julio incorporándose con cierta dificultad – es solo que últimamente estoy algo agobiado por los problemas… ya sabes, son tiempos difíciles – añade forzando una sonrisa. Agarra el pomo de la puerta, más que dispuesto a salir de aquel despacho cuanto antes.
-Julio, tú me estás ocultando algo, ¿no es cierto? – pregunta Higinio de pronto. Julio  se detiene, voltea para encontrarse con la firme mirada de su amigo;  baja la mirada, incapaz de mirar a su amigo de frente después de lo que acababa de descubrir. ¿Cómo explicárselo? ¿Qué debería hacer después de recibir aquella noticia que transformaba su mundo por completo? Miles de preguntas se agolpaban en su mente, nublando su visión de la realidad. Aquello lo cambiaba todo; pero antes de tomar cualquier decisión tenía que hablar con Macarena, tenía que aclarar todo lo que  había pasado para poder tomar las riendas de su vida.
-Higinio, amigo mío… tú y yo tenemos una conversación pendiente… pero para eso, antes tengo que aclararme para poder hablarte con la verdad – responde Julio al fin, con la tristeza dibujada en sus ojos; antes de salir por la puerta dejando tras de sí una tenue sospecha que comenzaba a germinar en la mente de Higinio.



LA PODEROSA



Al fin había reunido las fuerzas suficientes para salir de su cuarto, aunque todavía no sabía como iba a enfrentar su situación; como hacer para salir adelante sin acudir a su padre.
-¡Vaya, hasta que al fin el gran oso salió de su estado de hibernación! – exclama Camila (Ana Serradilla), quien se encontraba junto a las escaleras.
-Por favor, no estoy para bromas – gruñe Fabián (Carlos Ponce).
-Uy, menudo humorcito ya de mañana – se burla Camila divertida.
-¿Sabes donde está Regina? – pregunta Fabián decidido a no entrar en disputa con Camila.
-Pues se fue al pueblo – responde Camila.
-¿Todavía sigue pensando en casarse con ese hombre? – pregunta Fabián con el corazón en un puño, todavía le quedaba la vaga esperanza de que Regina entrara en razón y se echara para atrás.
-Así es… y siento ser así de sincera, pero dudo mucho que cambie de opinión a estas alturas – responde Camila – ese hombre la tiene bien amarrada – añade.
-Ese hombre lo que es, es un mal nacido, por tratar de hacerle pagar a Regina los pecados de su hermano – dice Fabián con los dientes apretados por la rabia que lo corroía.
-Sí, la verdad es que está chueco eso de obligar  mi Regis a casarse… pero sinceramente, creo que en el fondo, después de todo,  no lo haga para hacerla pagar… - murmura Camila en alto.
-¿Cómo dices? – pregunta Fabián extrañado. – Ese hombre solo quiere a Regina para hacer sufrir a su hermano, y ella está loca al sacrificar su vida por él – añade fuera de sí.
-Párale el carro, que te desbocas – lo increpa Camila, molesta – En vez de andar lanzando veneno por esa bocota que tienes, mejor deberías reflexionar sobre tus actos, porque te recuerdo que si no fuera por tus boberías, en este momento serías tú el futuro esposo de Regina, y no Mauricio Galván – lo reprende dándole una palmada en la espalda. – Lo que tienes, te lo mereces por menso – añade.
-Sí, ya lo sé… no hace falta que me lo recuerdes a cada momento – replica Fabián bruscamente.
-Sí, sí que lo hace… para evitar que hagas una tontería… o que se te ocurra reclamarle a Regina, porque lo último que le faltaba a la pobre es tener detrás a un ex resentido, dándole más dolores de cabeza – le advierte, señalándolo con el dedo.
-No te preocupes por eso, no tengo intención de ser un estorbo en la vida de Regina… - responde Fabián, en voz baja. – Así que en cuanto tenga a donde ir, me marcharé de esta hacienda, no pienso quedarme para ver como se casa con otro – añade comenzando a bajar las escaleras, dando por zanjado el tema.
-Eh, espera… óyeme, ¿y a dónde piensas ir?  ¿Vas a volver con tu padre?– pregunta Camila bajando detrás de él.
-No, lo único de lo que estoy seguro en estos momentos es que no volveré con mi padre, por más que intente impedir que acceda a mi dinero – responde Fabián del tirón.
-¿Qué dices? ¿Qué tú papá te dejó sin dinero? – pregunta Camila  parándose en seco, sorprendida. Fabián se detiene y voltea para encararla.
-Sí, eso es lo que he dicho… al parecer a mi padre no le ha sentado muy bien que haya decidido ayudar a Regina en su locura… - responde Fabián – Así que ahora estoy solo y sin dinero, ¿te parece que con eso he purgado mis pecados? – pregunta alzando la voz, enojado.
-Vaya, pobrecito… eres como un perrillo abandonado – murmura Camila apenada, acariciándole la  cabeza.
-Ya, Camila… déjate de tonterías, ¿quieres? – pregunta apartándole la mano, exasperado.
-La verdad es que sí que estás en un buen aprieto – responde Camila mirándola preocupada. – Pero bueno, si no tienes suficiente dinero para irte,  no creo que para Regina sea un problema que te quedes aquí un tiempo y… - comienza a decir.
-¿Y comportarme como un ex resentido? – pregunta Fabián con cierta burla. – No, Camila; mi decisión está tomada… permaneceré cerca de ella, para ayudarla cuando me necesite… pero no pienso convertirme en un estorbo – añade con firmeza.
-Pero, ¿a dónde vas a ir sino? ¿Tienes algo de dinero ahorrado? – pregunta preocupada.
-No sé a donde voy a ir… solo tengo el dinero que me traje, porque todas mis cuentas están canceladas… tengo para algunos días… luego ya veré como me las arreglo  – responde Fabián.  
-De verdad, es que tu papá y la mamá de mi Regis podrían juntarse, son los dos igual de maquiavélicos – se queja Camila, molesta. – No entiendo ese afán de querer controlar sus vidas, como si todavía fueran niños chiquitos – añade, mira a Fabián. -  De veras, Fabián… lo mejor será que hables con Regina, ella tiene que saber…
-Ella no tiene que saber nada – la interrumpe Fabián, la mira fijamente – por eso tú no le vas a contar nada de lo que te dije hoy, ¿estamos? – pregunta señalándola con el dedo.
-Pero… - comienza a protestar Camila.
-Buenos días – escuchan una voz a  sus espaldas.
-¡No puede ser! – exclama Camila dándose un golpecito en la frente, al reconocer la estruendosa voz. Fabián se voltea para mirar a la extraña visitante.
-¿Quién es usted? – pregunta Fabián intrigado.
-Vaya, al parecer el borrachín no se acuerda de su patética noche – responde Aura (Mariana Seoane) acercándose a él. – Pues te recuerdo que me echaste a perder mi vestido de Valentino – le reprende. Fabián la observa extrañado, sin entender el por qué de los reclamos de aquella mujer.
-¿Cómo dice? – pregunta.
-Déjalo Fabiancito… no te esfuerces, mejor será que ni te acuerdes – responde Camila adelantándose unos pasos hasta situarse frente a Aura. - ¿Qué demonios haces aquí Barbie? – pregunta sin ocultar el malestar que su presencia le provocaba.
-He venido a ponerle las cosas claras a esa niñata, que por mucho que se vaya a casar con mi pichurrín, yo sigo siendo su mujer – responde Aura. – Así que ándale, dile que aquí la espero – añade chasqueando los dedos, mientras se dirige hacia uno de los sillones, para tomar asiento con suma elegancia; ante la atónita mirada de Camila.
-Óyeme bien, Barbie Malibú…- comienza a replicar Camila.
-Camila, deja… yo me encargo de la señorita – interviene Nereida (Bárbara Mori) entrando en la sala.
-¡Nereida! – exclama Aura incorporándose para acercarse a ella, visiblemente emocionada. -¡Qué gusto encontrarme con gente de clase entre tanta naca! – exclama dándole un beso en cada mejilla.
-Ven, vayamos al despacho de mi cuñada… allí podremos platicar con más calma – dice Nereida sonriendo. Ambas mujeres se alejan mientras que Fabián y Camila intercambian miradas de incertidumbre ante el evidente buen entendimiento entre las dos mujeres.
-Desde luego, Dios las cría y el viento las amontona… - murmura Camila sin poder salir de su asombro.
-¿Quién demonios es esa mujer? – pregunta Fabián.
-Una garrapata, eso es lo que es – responde Camila molesta, cruzándose de brazos.









SAN CAYETANO




Apenas había platicado en todo el camino, en su cabeza todavía  retumbaban las palabras de Mauricio, ¿acaso su hermano había tratado de matar a Mauricio en el pasado? ¿Había sido eso lo que había pasado años atrás? ¿Quizás cuando descubrió el engaño de su esposa? Conocía a su hermano, sabía que era un hombre demasiado temperamental, que sus prontos eran demasiado violentos… no sería muy descabellado pensar que hubiera tratado de matar a Mauricio cuando descubrió su engaño.
Cierra los ojos con fuerza, tratando de apartar aquellas espantosas ideas de su cabeza; su hermano podía tener muchos defectos y haber cometido miles de errores, pero no era ningún asesino.
Siente como el coche se detiene, cuando abre los ojos se da cuenta de donde están, frente a la iglesia del pueblo.
-¿Qué hacemos aquí? – pregunta alarmada, irguiéndose en su asiento.
-Lo que haría una pareja normal… platicar con el sacerdote para que nos case – responde Mauricio con calma, desabrochándose el cinturón de seguridad.
-¿Cómo que sacerdote? ¿Qué quieres decir? ¡Yo no pienso casarme contigo por la iglesia! ¿Te volviste loco o qué? – pregunta Regina fuera de sí. Mauricio apoya sus manos en el asiento del copiloto para inclinarse sobre ella, acercándose peligrosamente.
-Tú te casarás conmigo por donde yo diga – responde con firmeza.  Regina le mantiene la mirada, apretando los labios con fuerza, tratando de contener su rabia. - ¿No te lo esperabas, verdad princesa? ¿Acaso creías que te lo iba a poner fácil? ¿Qué iba a casarme contigo sólo por lo civil para que pudieras anular el contrato matrimonial a tu antojo? – sisea él con rabia contenida.
Regina abre los ojos, impactada por lo que Mauricio le acababa de decir. ¿Cómo se había enterado él de que eso era lo que pretendía?
Esta vez se sentía más acorralada que nunca, al parecer Mauricio lo tenía todo planeado, su hermano y ella lo habían subestimado. Si se casaban por la Iglesia le sería mucho más difícil conseguir la nulidad matrimonial y en caso de lograrla, tardaría unos cuantos años y para entonces Mauricio ya se convertiría en dueño de La Poderosa.
-Eres un desgraciado… un manipulador… un chantajista… eres el peor de los hombres – comienza a chillar ella colérica comenzando a golpearlo en el pecho una y otra vez, fuera de sí; descargando toda su rabia acumulada sobre él. De sus ojos brotaban lágrimas de rabia, de coraje, de dolor… ya no se sentía dueña de su vida, ni de nada. En aquel momento no era más que una marioneta de aquel hombre, la cual utilizaba a su merced.
Mauricio permanece inmóvil sin tratar de detenerla, esperando pacientemente que el ataque de nervios llegue a su fin.
Finalmente ella comienza a perder las fuerzas, las ganas de luchar; va parando poco a poco, comenzando a llorar en silencio.
-¿Ya terminaste de desahogarte? – pregunta Mauricio con cierta impaciencia. Ella no dice nada, se limita a mirarlo con los ojos llorosos cargados de resentimiento; Mauricio la observa detenidamente, chasquea la lengua disgustado por el desastroso aspecto que mostraba; se quita un pañuelo del bolsillo. – Será mejor que te tranquilices, no quiero que el pobre sacerdote piense que te traigo obligada – añade cínicamente. – Ten, límpiate un poco la cara – dice al tiempo que le tiende el pañuelo.
-¿Por qué no? Si esa es la verdad, cretino. – Replica Regina apartándole la mano de un manotazo. Él resopla tratando de mantener la tranquilidad y no perder la paciencia. La toma por la barbilla, con delicadeza, para acercar su rostro al de él, comenzando a limpiarle la cara como si de una niña pequeña se tratara, sin que ella se oponga.
-¿Por qué siempre tienes que hacerlo todo tan difícil? – pregunta Mauricio con cierto tono de exasperación en sus palabras. Ella alza la vista para encontrarse con su mirada profunda y cautivadora. Como por arte de magia, en pocos segundos todo el desprecio y resentimiento que sentía hacia Mauricio se había evaporado para transformarse en una extraña mezcla deseo, ternura y consternación. Era como si de pronto se volviera atrás el tiempo a cuando ella era una niña y Mauricio su caballero andante, como si  regresaran aquellos días en los que soñaba con ser mayor para dejar de ser su princesa y convertirse en su mujer.
Poco a poco se va dejando embargar por todos aquellos sentimientos que tenía guardados en su pecho desde pequeña, de todos aquellos sueños e ilusiones que poblaban su mente siendo niña, de su más anhelado deseo que creía olvidado. Llevada por aquella imperiosa necesidad que se había instalado inesperadamente en su pecho, toma el rostro de él entre sus manos, acercando sus labios a los de él para unirlos en un tierno beso.
A Mauricio le toma por sorpresa la iniciativa de Regina, recibe el beso totalmente paralizado, notando como su deseo comienza a despertarse al sentir como Regina comienza a jugar besando, lamiendo y mordisqueando con verdadero deleite el labio superior antes de volver toda su atención al labio inferior. Totalmente embaucado por los besos de Regina; Mauricio rodea con uno de sus fuertes brazos la cintura de ella para atraerla hacia él bruscamente, provocando que un abrumador escalofrío de placer recorra el cuerpo de ella, que gime extasiada sin separar sus labios de los de él.
Mauricio profundiza el beso introduciendo la lengua en la cálida boca de ella, invadiéndola, tentándola, poseyéndola, acariciando con su lengua cada recoveco; recibiendo la misma entrega por parte de ella, quien, con cierta cautela comienza a recorrer su cuello con su mano con una suave caricia. Su mano comienza a recorrer el pecho de él, con delicadeza, maravillándose con su perfecta forma.  Mauricio se estremece al sentir la suave palma de ella recorriendo su anatomía, todo su cuerpo se tensa cuando siente  como la mano de ella comienza a aproximarse lentamente hacia a aquella parte de su anatomía  tan peligrosa, donde su deseo pugnaba por ser liberado. Ella, consciente de su deseo,  comienza a desabrochar los botones de sus vaqueros que en aquel momento no eran más que un obstáculo para sus propósitos. Rápidamente cubre la mano de ella con la suya, para inmovilizarla y evitar que siga con su tarea.
-No – murmura roncamente.
-¿Por qué no? – pregunta ella contra su boca, casi sin aliento.
-Porque si me tocas ahí no creo que nada en el mundo pueda detenerme – responde él mirándola intensamente, ella le mantiene la mirada, consciente del significado de sus palabras. Una sonrisa se forma en sus labios en el momento que introduce su mano entre los pantalones de él antes de besarlo apasionadamente.
Un súbito golpe en los cristales los sobresalta, devolviéndolos nuevamente a la realidad. Se separan bruscamente, completamente acalorados y abrumados. Mauricio se ve obligado a bajar la ventanilla ya que debido al vaho apenas se vislumbraba el exterior, para encontrarse con la expresión ceñuda que evidenciaba el disgusto y la incomodidad del párroco.
-Buenos días padre – carraspea Mauricio incómodo. Regina por su parte mira hacia el otro lado, completamente colorada, tratando de recomponer su peinado.
-Buenos días señor Galván, imagino que la joven que lo acompaña se trata de su futura esposa, la joven Regina  – lo saluda el sacerdote, sin ocultar su contrariedad.
-Así es padre – responde Mauricio con calma.
-Los espero en la sacristía en dos minutos, ni uno más – dice con firmeza antes de darse media vuelta para dirigirse a la Iglesia a grandes zancadas.
-Soy consciente de que no me queda otra que casarme contigo por la dichosa Iglesia – dice Regina al fin, con la mirada fija en las alfombrillas del coche, todavía abochornada. – Pero, ¿no podría casarnos otro cura? – pregunta tímidamente. Mauricio la mira durante unos instantes antes de romper a reír a carcajadas; ella lo mira con el ceño fruncido. – No tiene ninguna gracia… ese hombre casi nos ve… - se interrumpe bajando el rostro, al darse cuenta de la magnitud de lo que estaba a punto de suceder en aquella camioneta.
-Dilo… a punto de hacer el amor – dice Mauricio acercando su rostro al de ella, quien todavía no es capaz de alzar la mirada.
-¡No, no lo digas! – exclama ella tapándose los oídos y cerrando los ojos. En aquellos momentos se sentía tremendamente disgustada consigo misma por aquella situación que ella y solo ella había provocado con sus estúpidas ilusiones de niña tonta. Mauricio la observa con cierto pesar, quizás ella no se diera cuenta de cómo comprendía la situación en la que se encontraba, nadie mejor que él entendía la lucha interna que se libraba en su interior cada vez que el deseo y la pasión dejaban de lado todo tipo de cordura y entendimiento.
-Será mejor que entremos, si no queremos que vuelva a por nosotros para llevarnos por las orejas – dice Mauricio abriendo la puerta del coche. Regina se acaricia la cara, tratando de borrar toda huella de lo que había sucedido de su rostro antes de salir también del coche.



LA PODEROSA



Observa con cierta paciencia como Aura (Mariana Seoane) se suena con el pañuelo, echa un mar de lágrimas. Había escuchado durante más de media hora la retahíla de quejas y penurias que había vivido desde que decidiera venir en busca de su pichurrín; del infierno que estaba viviendo desde que sabía que Mauricio había decidido casarse con aquella muchacha para así poder hacerse con sus tierras.
-Ten – dice tendiéndole otro pañuelo en vista del que tenía entre las manos ya no daba más de sí.
-Nereida, es que no sabes como sufro… como lloro casi todas las noches; incluso he llegado a rezar para pedirle a Dios que mi pichurrín entre en razón – añade entre hipos, sin dejar de llorar – y más cuando esta mañana escuche como mi pichurrín le decía a Miguel Ángel que había decidido casarse por la iglesia, y no por lo civil – añade. Nereida escucha impactada esta última revelación, bruscamente se inclina hacia delante, colocando las manos sobre la mesa de escritorio.
-¿Dijiste que se iba a casar por la iglesia? – pregunta con el corazón acelerado.
-Sí… eso dije – responde Aura - ¿Tú sabes lo que cuesta anular un matrimonio católico? – pregunta antes de echarse a llorar con más fuerza.
-No puede ser… - murmura Nereida llevándose la mano a la frente. – Se volvió loco… - añade exasperada.
-Nereida, tú eres la única persona con la que puedo contar en este pueblucho de mala muerte – afirma Aura bruscamente, tomando de pronto la mano de Nereida entre las suyas. – Por favor te lo pido, tú me dijiste que eras la cuñada de esa muchacha… trata de hablar con ella, de hacerla entrar en razón – le suplica.
-¿Acaso crees que no lo he intentado? – pregunta Nereida – Para mi cuñada no soy santo de su devoción… no me escucha… - añade molesta – Pero no te preocupes, entre las dos encontraremos alguna manera para evitar esa boda…
-Gracias… de veras, ¡eres una verdadera amiga! – Exclama Aura sonriendo entre lágrimas. De pronto la puerta se abre dando paso a un acelerado Saúl, quien se detiene súbitamente al darse cuenta de la presencia de las dos mujeres.
-Disculpen, no sabía que había alguien aquí – se excusa a Saúl, mirándolas con cierta desconfianza.
-Saúl, que bueno que estás aquí – disimula Nereida incorporándose para acercarse a él, al igual que Aura. –Mira, ella es Aura la…
-La novia de Mauricio Galván – añade Aura con orgullo. Saúl observa a la mujer con detenimiento, sin poder ocultar el recelo que su presencia le causaba.
-¿Y se puede saber qué es lo que le trae por aquí, señorita? – pregunta fríamente.
-Saúl, Aura está muy preocupada por la futura boda de Mauricio… quería hablar con tu hermana para tratar de convencerla de que no se case con Mauricio, que él solo la hará sufrir – responde Nereida acariciando el brazo de su esposo.
-Mi hermana no se encuentra en la casa… su querido “noviecito” ha venido a buscarla – le informa Saúl con cierto tono de burla.
-Mi amor, Aura no tiene la culpa de lo que haga Mauricio… ella ha venido aquí con toda su buena fe… - comienza a decir Nereida, con la intención de tranquilizar a su esposo; que parecía dispuesto a estallar en cualquier momento.
-Sí, como no… - murmura Saúl con sarcasmo. Se acerca unos pasos a Aura – Mire señorita, no sé cual fue la verdadera intención que la trajo aquí ni me importa, lo único que quiero es que se largue de esta casa ahora mismo, ¿le quedó claro? – pregunta mirándola amenazante.
-Oh… desde luego, ¿es que no hay un solo hombre decente en este cochino pueblo? – se queja Aura con la voz temblorosa.
-Saúl, por favor – le recrimina Nereida.
-No, déjalo Nereida… te agradezco tu hospitalidad, pero mejor me voy – dice Aura al tiempo que agarra su bolso para colgárselo del hombro con la mayor dignidad posible; alza el mentón para mirar de frente a Saúl. – Algún día se arrepentirá de no tomarse en serio mis palabras – añade con firmeza antes de salir de la estancia, dando un sonoro portazo.
-¡No tenías por qué tratarla así! – le reclama Nereida, enojada. – Esa mujer está sufriendo porque el hombre que ama, por el que ha viajado desde los EEUU hasta aquí se va a casar con otra – añade.
-¿Desde los EEUU? – pregunta Saúl de pronto.
-Sí, desde los EEUU… ¿qué pasa con eso? – pregunta Nereida extrañada por su repentino interés.
-Nada… cosas mías… - responde Saúl quitándole importancia al asunto, antes de salir por la puerta; dejando sola a una preocupada Nereida, que poco a poco se daba cuenta de que su plan había surtido el efecto contrario al que pretendía.


Aura se dirige a grandes zancadas hacia el carro, dispuesta a alejarse de allí cuanto antes. Saúl sale en ese momento por la puerta, tras ella.
-¡Señorita! – la llama. Ella se detiene y voltea para mirarlo indignada.
-¿Qué es lo que quiere, bestia inmunda? – le pregunta con desprecio. Él se acerca unos pasos hasta alcanzarla.
-Yo quería disculparme por mi comportamiento ahí adentro… lo cierto es que mi esposa tiene razón, usted no tiene la culpa de lo que su novio nos haya hecho – responde con pesar. – Yo no suelo ser así… no quiero que usted se lleve una imagen equivocada de mí; solo es que debido a las presiones del señor Galván últimamente mi familia y yo hemos vivido unos momentos muy tensos, y eso pasa factura- se excusa, colocando la mano en el pecho – usted no es la única que está sufriendo por ese disparate de boda que ha planeado su novio, señorita… así que, por favor; acepte mis más sinceras disculpas – añade con cara de pena.
-Está bien… acepto sus disculpas – dice Aura al fin. De pronto Saúl agarra una de las manos de Aura, y la acerca a sus labios para posar sobre la espalda de la mano un delicado beso.
-Estoy  a su servicio para lo que necesite… conozco a Mauricio Galván a la perfección; así que si alguna vez la trata mal, y se siente desamparada en este inhóspito lugar, no dude en pedirme ayuda – añade con galantería. Aura observa anonadada el visceral cambio que había sufrido aquel hombre en pocos minutos; había pasado de ser un hombre desagradable y cruel a convertirse en un auténtico caballero.
-Gra… gracias, lo tendré en cuenta – dice Aura al fin. – Ahora… ahora tengo que irme – añade algo aturdida dándose media vuelta para dirigirse hacia el carro.
Saúl la observa alejarse con una encantadora sonrisa en los labios. Aquella mujer podía ser la clave para conocer lo que necesitaba acerca de lo que había sido la vida de Mauricio hasta el momento en el que había reaparecido en sus vidas.



SAN CAYETANO



Permanece inmóvil en la puerta de la  sacristía, sin atreverse todavía a dar un paso al frente debido a la vergüenza. En aquellos momentos envidiaba la tranquilidad de Mauricio, quien no parecía haber sido sorprendido en la misma situación que ella; mientras observaba como el anciano sacerdote se movía de un lado a otro colocando y retocando con sus nervudas manos las decenas de figuras que adornaban la sacristía.
Don Escribano (Aarón Hernán) era el párroco del lugar desde hacía muchos años, los suficientes como para haber visto crecer a la pareja que acudía ese día ante él para fijar la fecha de su boda; y por lo tanto también era conocedor del oscuro episodio que había azotado a los Montesinos y a los Galván años atrás. Motivo por el cual le resultaba de lo más sorprendente su futuro enlace.
-No se queden ahí parados, pásenle y tomen asiento – los invita el sacerdote sin detenerse a mirarlos.
-Vamos, ¿no escuchaste a Don Escribano? – le pregunta Mauricio divertido al tiempo que se vuelve hacia Regina, tomándola de la mano para acercarla a él. Ella lo mira temerosa, negando sutilmente con la cabeza.
-Vamos muchacha, es signo de madurez aprender a asumir nuestros actos sin que tengamos que agachar la cabeza por ello, ¿no crees? – le pregunta don Escribano mirándola con firmeza.
-Claro, padre – responde Regina carraspeando, incómoda. Decidida aprieta la mano de Mauricio y avanza unos pasos junto a él, para tomar asiento en el banco que se hallaba al otro lado del escritorio.
-Bien… así que habéis decidido contraer sagrado matrimonio – anuncia el sacerdote tomando asiento frente a ellos.
-Así es, padre – asegura Mauricio.
-No negaré que me resulta un hecho de lo más… insólito – puntualiza el sacerdote, juntando las manos para apoyarlas sobre la barbilla.
-Somos conscientes de ello, padre – asegura Mauricio con calma. La mirada del sacerdote se fija en Regina, que permanece todavía absorta en sus pensamientos, como si se encontrara muy lejos de allí.
-¿Y tú Regina, no dices nada? – pregunta. Regina se irgue levemente para mirarlo.
-Sí, el domingo es buen día para la boda – responde carraspeando incómoda.
-Ya veo ya… - murmura el sacerdote con una sonrisa irónica en los labios, se inclina hacia delante para apoyarse sobre el escritorio. – Me veo en la obligación de recordarles que el matrimonio es un vínculo sagrado entre el hombre y la mujer, cuya única y verdadera motivación es el amor que deben profesarse el uno por el otro… - añade con calma.
-Lo sabemos, padre – afirma Mauricio.
-Pues si lo saben, ¿por qué carajo se empeñan en utilizar este vínculo sagrado en beneficio de sus oscuros propósitos? – pregunta el sacerdote enojando, golpeando la mesa con la mano provocando que Regina de un pequeño brinco sobre el banco, asustada por la brusca reacción del hombre. Mientras que Mauricio se mantiene tranquilamente en la misma postura.
-Padre, no sé lo que habrá escuchado por el pueblo, pero le aseguro que no tenemos intención de usar este matrimonio para otros fines que no sean amarnos, cuidarnos y respetarnos – le asegura Mauricio con absoluta serenidad. Regina no puede evitar mirarlo estupefacta; aquel hombre era el colmo del cinismo, en aquellos momentos hasta ella misma se estaba creyendo sus palabras. - ¿No es así, princesa? – le pregunta volviendo su atención hacia ella. De pronto Regina siente las miradas de los dos hombres fijas en ella, a la espera de una respuesta. Traga saliva, aquel era su momento, solo tenía que decir que no, que ese no era el verdadero motivo de su matrimonio, que todo era una farsa. Así don Escribano no accedería a casarlos por la Iglesia, y dado que sería imposible para Mauricio encontrar otro sacerdote antes del domingo, no les quedaría otro remedio que casarse por lo civil…
-Regina, ¿es cierto lo que dice Mauricio? ¿De veras quieres casarte con este hombre por amor? – insiste el sacerdote. Regina lo observa sin saber que responder, de pronto aquella pregunta no le resultaba tan disparatada como creía.





Colaboración especial
Aarón Hernán como Don Escribano


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